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EL ADICTO
Y SU REHABILITACIÓN
Alejandro Merenzon
CAPÍTULO IV
COMUNIDAD TERAPÉUTICA
DE PUERTAS CERRADAS
Sabemos que no se deben atacar impunemente los derechos familiares, personales o sociales, por eso es que considero a la adicción una enfermedad personal, familiar y social.
Es un crimen de traición.
La adicción se encuentra dentro de las más graves, enormes y sacrílegas violaciones a la fidelidad.
El tratamiento de rehabilitación corta la maligna influencia de un mal que las personas no pudieron evitar, corrigiendo su influjo por una dirección inteligente.
La Comunidad Terapéutica sabe que la búsqueda de libertad es la esencia, siendo el tratamiento el único camino posible hacia la prosperidad.
También sabe que la terapia en sus diversas orientaciones, la educación, la lectura, el trabajo, son las únicas vías hacia el futuro junto a la religiosidad, el deporte, el arte, en una larga tarea enfrentando riesgos cotidianos de envergadura.
Yo nunca recomiendo pensar y sentir a la Comunidad Terapéutica como un atajo hacia los privilegios personales sino como un verdadero enriquecimiento integral para las personas.
Si cada persona no conoce lo que vale, lo que puede y lo que debe, nuevas ilusiones desacertadas se sucederán a las antiguas, por eso la propuesta es el encuentro de cada individuo con su propia soberanía.
La verdadera soberanía indivisible e inalienable que logra que los adictos dejen de ser un grupo de personas que se destruyen mutuamente formando desde y a partir de la experiencia de la rehabilitación una microsociedad en constante crecimiento y evolución.
La Comunidad Terapéutica con su abanico de herramientas terapéuticas cuenta con un poder sin límites para revocar, corregir, suspender, innovar y promover todos aquellos recursos humanos, técnicos, creativos, profesionales, multidiciplinarios y religiosos que al servicio del bienestar personal y grupal están supervisados y permitidos.
Algunos profesionales buscan y pretenden desacreditar la orientación conductista porque presentan la técnica y el objetivo como “en función de acabar de manera rápida y resuelta con alguna situación que daña el bienestar personal y/o general”.
Yo concibo a la Comunidad Terapéutica como una revolución en las ideas, una agitación en los ánimos, un entusiasmo capaz de las mayores empresas, un deleite con aspiraciones juiciosas y duraderas que retribuyen al adicto su lucidez y coherencia poniéndolo al abrigo de nuevas y posibles usurpaciones.
Los adictos internados conviviendo dentro de un verdadero tratamiento psicoterapéutico se autobservan disipando completamente las tinieblas con que el despotismo envolvía sus usurpaciones.
Se ven a sí mismos poniendo luz y claridad a sus virtudes, capacidades, enseñándose pedagógicamente el verdadero origen y sentido de sus derechos, deberes y obligaciones.
La Comunidad Terapéutica es un contrato personal, familiar y social en el cual absolutamente todos hallarán analizados con dedicación, revisión, buceo y sencillez sus verdaderos principios. Todos participamos del gran beneficio que brinda el triunfo de los talentos.
Directivos del establecimiento, profesionales de la salud, operadores socioterapéuticos, adictos residentes en tratamiento y sus respectivos familiares si desean ilustrarse encontrarán modelos para encender su imaginación y rectificar su juicio, enriqueciéndolo, preparando así la consolidación de un bienestar general que hace palpable las ventajas y lo interesa en la defensa del logro personal, grupal y familiar.
Sabemos que el peso de las cadenas extingue hasta el deseo de sacudirlas.
Observamos como los individuos cansados de desgracias, horrores y desórdenes se acomodan a un estado placentero, beneficioso que en tan críticas circunstancias motiva, condiciona y estimula al adicto a comunicar sus luces, su experiencia y conocimiento.
El tratamiento de recuperación, rehabilitación y reeducación conmueve, seduce, atrapa y enamora al peor temerario, insensible, indiferente o negador empedernido.
Ese es el fruto de las tareas que se realizan dentro de la Comunidad Terapéutica.
Excitado por su adhesión al nuevo estilo de vida, agitado entre la esperanza del éxito y el temor de malograrlo, el grupo acompaña, contiene y sostiene a quien titubea en medio de las mayores dificultades.
La contención grupal ve el interés común íntimamente unido al particular de sus personas. Con madurez y moderación se examinan pequeñas y grandes cuestiones elaborando así su suerte.
El feliz resultado de tan respetable actividad psicoterapéutica es una prueba nada equívoca de la sinceridad de las intenciones. El estruendo de la artillería reeducativa potenciado por las aclamaciones, la ternura, confianza y esperanza elevan las almas de los adictos, reconstruyéndose, arrancando lágrimas a sus seres queridos para quienes la vida familiar deja de ser terrible.
Lejos de conseguir la “gloria inmediata” comenzamos por no atentar directa ni indirectamente contra su integridad siendo así como se promueve el encuentro interior con su tranquilidad.
El firme reglamento de convivencia, las normas cardinales y un claro sistema de pérdida de privilegios acompañado por un abanico de herramientas terapéuticas evitan caer en la más horrenda anarquía.
Pero ¿cuál es el resorte poderoso que contiene las pasiones?
¿Cómo se aborda la inclinación patológica hacia la usurpación?
¿Con el sondeo del corazón humano se adquiere destreza en el autocontrol de las pasiones?
¿Cómo se deja el campo abierto para que las virtudes operen libremente?
¿Se revierte el cuadro espantoso de la desolación en esa región usurpada al alma?
El adicto en tratamiento toma conciencia profunda acerca del significado de la dignidad, entendiendo que su permicioso accionar era un inminente riesgo contra la tranquilidad propia y pública.
Una guía constante derrota la desobedencia y lo conduce a tomar interés en esta obra para que conozca sus ventajas.
Las ventajas de encontrar fortuna en todos los ódenes y niveles observando como los malvados compulsivos empedernidos logran en el proceso de transmutación el predominio del deslumbrante virtuosismo.
Cada día libre de drogas, alcohol y descontrol pasa a ser un “día de gloria”.
Algunos adictos siendo residentes en tratamiento minimizan el caos anterior que reinaba en sus vidas planteando que la continuación de sus conductas erradas no serían de sumo riesgo y que “soportan” el tratamiento de internación en Comunidad Terapéutica como un sacrificio transitorio de sus propios sentimientos.
Cambiarán sus impresiones en el transcurrir del tiempo y de la terapia.
El Doctor Mariano Moreno nos enseñó que ninguna persona ni ebria ni dormida debe tener impresiones contra la libertad de su país.
¿Qué aporta el adicto a la libertad de su país? ¿Acaso no se encontraba ebrio o dormido vegetando en su triste pasado encadenado al desacierto?
Una vez internado, se encuentra en posición de preferencia; si evoluciona y si es justo vivirá en el corazón de sus ciudadanos.
¿Y quiénes son sus conciudadanos?
Sus familiares, terapeutas y compañeros de tratamiento. Todos aquellos que brindan ayuda constante para sacarlo de la degradación e incertidumbre, del estado vacilante, la pusilanimidad y especulaciones del vicio, del abatimiento y de la aniquilación.
Internado en Comunidad Terapéutica la búsqueda de la tranquilidad será inseparable ya que una franca comunicación de los motivos y factores que influyeron motivando su caos abrirá la puerta a las advertencias terapéuticas para que pueda contribuir con sus luces a la seguridad del acierto.
Yacerá en el embrutecimiento más vergonzoso y negador si no se brinda una absoluta franquicia y libertad de expresión en terapia consistente constantemente.
El tratamiento psicoterapéutico junto a la experiencia de la vida comunitaria ayuda al adicto a ser menos partidario de sus envejecidas opiniones logrando en su introspección la introducción de las luces y de la ilustración pensando en asuntos de interés universal.
Deja así de atacar impunemente el mérito y la virtud encontrándose con su propio brillo y esplendor.
Reduciendo a polvo la mentira, el error, el fanatismo adictivo, el embrutecimiento, la ruina, la miseria y el abatimiento, se autoprotege de todo aquello que indignamente osase atacarlo y arrastrarlo.
El tratamiento facilita a los amantes de la terapia, la vida sana y hogareña, la unión familiar, las letras, arte, ciencia y deporte, el estudio, el contacto con la naturaleza, la fe y el crecimiento espiritual, el aprendizaje de oficios, recursos valiosos para desarrollar y aumentar sus conocimientos.
Las utilidades son la autocontención, el fortalecimiento de su autoestima y el aprendizaje de técnicas de protección.
Se produce una manifestación recíproca de luces y conocimientos que aumenta y se nutre con la discusión, el debate grupal que atrae con una fuerza irresistible afirmándose con el registro de libros que están a mano para dirimir las disputas.
La Comunidad Terapéutica es una demostración de afecto que acompaña la restauración del individuo después del accidente mortal que cortó su vida. Se abordan los estragos que le causó la adicción y sólo Dios sabe la impresión y pesadumbre que siente inicialmente el individuo dependiente como causa de su separación de drogas y de bebidas alcohólicos en su síndrome de abstinencia, físico y psíquico.
Escuché a algunos compartir en los primeros días de psicoterapia “al principio me pareció la misma muerte y ahora me parece un sueño haberlo logrado”.
Otros escriben cartas a sus familiares y les dicen los días de visita cosas tales como “no tengo día mejor empleado que el día que permanezco en tratamiento libre de drogas y de alcohol”; “quisiera tener talento y expresiones para poder decirte cuánto te agradezco hoy por haberme ayudado e internado”.
Muchos adictos en tratamiento le dicen o escriben a su madre o padre “no sabes cuánto te amo, cuánto te extraño y cuánto te necesito”; “¡qué trabajo y qué esfuerzo es permanecer acá internado lejos de vos mamá!”; “no sabés lo que siente ahora mi corazón al estar lúcido y recuperándome”.
¿Antes decían este tipo de cosas? ¿Dialogaban con sus padres? ¿Expresaban aquello que sentían?
La Comunidad Terapéutica trabaja mucho en la identificación y expresión de sentimientos.
Algunos de los objetivos del tratamiento son poner fin a la dominación de la adicción, aprender a dirigir el amor a los conceptos de libertad, igualdad y autoprotección, crecer en la capacidad de discernimiento rehusando lo injusto y humillante, sentirse complacido interiormente ante el homenaje por el logro obtenido, aprender a convivir en pleno ejercicio de las funciones de su ser, apreciar la firme inteligencia, la nobleza de carácter propia y ajena, sumergirse en el potente y apasionado contenido de la vida comunitaria, familiar y social, convertirse en defensor de los derechos del prójimo y del más débil lento o torpe, encontrarse a sí mismo, conocerse enriqueciendo su hondo contenido humano y la fuerza de su expresión, fortalecerse para evitar el agravio, la persecución adictiva y no volver a caer en los vejámenes inferidos por una escala de valores trastocada y perversa.
Podríamos señalar además, que algunos adictos internados realizando su tratamiento de rehabilitación encuentran en la Comunidad Terapéutica un bienestar desconocido anteriormente y es por eso que sus familiares se regocijan frente al crecimiento visible formando parte así de un júbilo general que estalla, diciendo “no he visto jamás una alegría más expansiva ni más cordial” (frase del Doctor Cosme Argerich).
El adicto deja de ser aquel antiguo “demonio del infierno” convirtiéndose en un verdadero prócer. Encuentra protección dentro de la institución entendiendo que cuanto más sólidos sean sus cimientos, más perfecta será su conclusión.
Otras metas del tratamiento son el propio encuentro con la virtud, la reeducación, el desarrollo de sus buenas cualidades, el aprovechamiento de su aplicación y talento, el culto al deber, la adquisición de sinceridad que es la más alta de las probidades, el acatamiento y manejo de enérgicas resoluciones que no siendo fórmulas vacías sino anuncios certeros de la próxima realización lo fortalecen.
El tratamiento es mucho más que una promesa, es la lucha por la vida y por la libertad, es un plan de resistencia a lo dañino, es la llama que ilumina la vida y el relámpago del genio, es resplandecer en los actos y es una forma de actividad que edifica.
En el tratamiento de rehabilitación el rumbo está dado a la mejor estrella; por muchos desvíos que hubiera que experimentar nos prepara el porvenir.
Es un acto de fe a costa de muchos sacrificios sin el desfallecimiento ni el desinterés de la etapa degradada anterior.
Es un propósito grande y generoso donde la iluminación del genio convierte al adicto en hábil piloto para conducir un modo de ser definitorio.
La rehabilitación logra el vehemente deseo de verlo triunfante y bien arraigado. Sin reposo y rompiendo toda valla se trabaja por la visión del porvenir. No se debe naufragar. Así lo propone y lo sugiere la ley inflexible del deber.
El adicto se convierte en un infatigable obrero de la libertad y del progreso poniéndose al servicio de una labor paciente, metódica y sin interrupciones.
Adquiere iniciativa embarcándose en reformas atrevidas con la rectitud y energía del rayo anunciador, compañero de lluvia fecunda.
Con esa cabeza radiante de inteligencia y cargada de voluntad va encontrando cambios positivos convirtiéndose así en ciudadano erudito, digno de la confianza general y popular.
El adicto en tratamiento, con su vasta inteligencia abraza todas las peripecias de una situación erizada de dificultades formulando con sana excitación las más atrevidas reformas en su conducta.
El tratamiento en Comunidad Terapéutica impide volver a barbarizarse, la persona enriquecida por la terapia y la filosofía de los antiguos pensadores griegos comprende su misión sublime y con firmeza incontrastable digiere las preocupaciones, ataca los abusos, corrige desviaciones cimentando a diario un presente y futuro de características saludables.
Vemos en el tratamiento un espíritu de gran regeneración que facilita encontrar la salida pronta y satisfactoria a cualquier cuestión.
Empuñando el timón se revela a sí mismo mientras desarrolla un plan coherente formulado en un estilo fascinador.
“Conócete a ti mismo”, “Ocúpate de ti mismo” decía Platón en la Antigua Grecia pretendiendo inspirar al auditorio con autoconocimiento, introspección y análisis de las propias miserias humanas para que cada individuo fuera un hijo de la convicción y de la voluntad, patrimonio requerido a toda persona internada hoy en día en Comunidad Terapéutica.
En el transcurrir de los meses, atravesando diversas etapas y fases evolutivas se logra la ansiada remodelación de conductas; cambios consistentes en aquel antiguo malevo irrespetuoso consagrado a la humillación, el cual hoy, siendo una de nuestras mejores glorias se desenvuelve como un genio dotado de la amenidad que las gracias inspiran y de cuántos conocimientos hermosean a la razón misma.
Logra atraer la benevolencia y amistad de sus inmediatos, acepta la corrección sugerida por sus padres; descubre nuevos placeres, se sincera en materia de información histórica, repara la falta de una disculpa oportuna, desarrolla una fina y nueva sensibilidad que se convierte en el más sobresaliente de todos los elementos de su carácter, el que particularmente lo distinguirá en los próximos pasos de su vida.
Asimila ideas ciertas y provechosas dándose cuenta que la rehabilitación es un encuentro con el decoro y con la dignidad.
Se supera la esclavitud quedando muy atrás tantos ratos de humillación que forjaron el infortunio.
La corrupción, el desorden, la traición e indignidad se ven reemplazadas por el encuentro con la verdad que es el signo más característico del hombre de bien, la grandeza de ánimo en las arduas empresas terapéuticas pasa a ser la señal más evidente de un corazón virtuoso.
La pasión permanece ardiendo, encendida y brillante como su inteligencia.
Paralelamente las almas sensibles de los familiares desfallecen con las visibles novedades del progreso.
El tratamiento no consiste únicamente en concederse esta breve tregua dándole lugar al desahogo sino que con total calma y serenidad se promueve un cambio integral del ser humano, esa ansiada necesidad imperiosa lo hace inevitable y posible.
El objetivo no es únicamente salir de ese fallo terrible y condenatorio que resulta ser la adicción sino evitar todo cuadro espantoso de desolación.
Debemos aprender a cuidar nuestro inestimable don de libertad.
La duración del tratamiento de rehabilitación internado en Comunidad Terapéutica suele ser de 12, 18 o 24 meses pero cada ser humano es distinto, único, con una problemática única que lo lleva a diferenciarse de sus demás compañeros y es por eso que: ¿Cuánto tiempo y qué terapia requiere el encuentro con la dignidad? ¿Quién puede diagnosticar y pronosticar que se adquiere cordura y se la mantiene con una terapia de uno o dos años? ¿No conocemos acaso adictos que necesitaron y debieron permanecer internados tres, cuatro o cinco años para superar el infortunio y lograr salir de la desolación?
Cuando la debilidad adopta formas engañosas y sobrevienen las recaídas ¿no debemos acaso preservar al que titubea, al que vuelve a reincidir? ¿Cómo se lo preserva del tirano contacto que puede llevarlo a la muerte?
Cuando se encuentra en aguas estancadas y persiste en su impune violación ¿tiene importancia acaso el tiempo que deberá permanecer internado?
En mi experiencia con más de 2000 adictos he comprobado y muchas veces con sorpresas inesperadas que algunas personas logran en un año aquellos que otros requieren de 10 años de terapia constante en tratamiento residencial (internado).
El conflicto de riesgos y “apuro” no debe condicionar la duración del tratamiento ni ejercer presión en pos de un “alta terapéutica” porque el resultado puede ser nefasto y mortal.
Conozco también decenas de casos en los cuales el adicto empedernido se vio reducido a la triste necesidad de permanecer internado muchos años dadas sus graves recaídas cuando se encontraba fuera de la Institución deseando consagrar así su vida a la rehabilitación dentro de la experiencia comunitaria.
Que Dios le de muchos años y salud al adicto consuetudinario para encontrar aciertos en sus empresas dentro de la Comunidad Terapéutica.
Lucien Engelmayer sugiere y recomienda que algunos adictos reincidentes en recaídas se queden a vivir dentro de un marco de contención comunitario.
Se refiere a casarse, tener hijos, formar su propia familia, cursar y terminar estudios secundarios, universitarios, trabajar, ganarse un sueldo, todo dentro y desde la Comunidad Terapéutica.
Juan Carlos Rossi (Pipo) tuvo grandes resultados con decenas de adictos que permanecimos internados más de cinco años en Fundación Viaje de Vuelta quedándonos luego a vivir y a trabajar dentro de la misma Institución sin recaídas en consumo de drogas ni de bebidas alcohólicas durante 20 años hasta el día de hoy.
Novelli logró algo similar en el Programa Andrés con su equipo de Directores (adictos en recuperación) que permanecieron muchos años viviendo, realizando tratamiento, trabajando y estudiando dentro de la Comunidad Terapéutica.
El Programa de 12, 18 o 24 meses no es para todos.
Algunos necesitamos más tiempo de elaboración y fortalecimiento en terapia. Yo mismo permanecí 60 meses (5 años) dentro de la Institución.
Creo que la vida ofrece múltiples situaciones que desvían la atención del adicto en tratamiento, apartando su interés del sendero recto de la rehabilitación y esto sí es peligroso porque hace a veces a la deserción. La Comunidad Terapéutica imparte orientación y enseñanza pero ¿de qué pueden servir estos esfuerzos terapéuticos y qué eficacia pueden alcanzar si la misma familia del adicto conciente o inconscientemente boicotea la permanencia brindando un entorno tan sometido a tensiones?
Si analizamos las consecuencias de las situaciones experimentadas dentro del tratamiento muchas se presentan como favorables siendo otras lamentablemente dañinas para todas las partes afectadas.
Una pérdida en la plataforma de la contención familiar o una falta de constancia en la firmeza representa una pérdida mayor ya que contribuye con la deserción y el abandono del programa de rehabilitación.
Si la familia del adicto en tratamiento no se deja convencer por él, si logra evitar tomar decisiones apresuradas respetando así las fases evolutivas, no habrá deserción y entonces sí podrá él contribuir muy eficazmente a la realización de la convivencia responsable, la paz familiar, la fraternidad humana, la mutua comprensión y la profunda toma de conciencia.
Todos estos principios son parte y parcela del tratamiento de rehabilitación.
Si la familia se pierde, si crece la indiferencia, si permite nuevamente la triste dominación, esto a futuro significará que la humanidad se verá privada de los valiosos aportes de la persona rehabilitada, algo que no será en absoluto una pérdida pequeña.
Les recuerdo que el tratamiento de Rehabilitación en Adicciones es una plataforma, un espacio, un lugar, un tiempo destinado para que la persona pueda emprender actividades deportivas, laborales, educacionales, religiosas, solidarias, en todos los terrenos de su existencia para hacer desde ahora y luego en un futuro su contribución indispensable a la humanidad.
Por eso es que nadie puede permitirse el “lujo” de ser indiferente, exclusivo o arrogante.
Todos debemos sentir el solemne deber de abrir totalmente nuestras mentes y corazones a todas las realidades de la vida extendiendo nuestros brazos a todas las personas adictas sin discriminación cualquiera sea su razón, credo, clase social o nacionalidad.
El bien que puedan hacer los adictos, familiares, terapeutas y los servicios que puedan rendir sólo se materializarán plenamente cuando pongan en práctica el Programa de Rehabilitación asociándose sin abandono ni deserción, con un espíritu de absoluto compromiso de por vida.
En más de 200 conferencias que di en los años 1987 al 1992 cuando desempeñé el cargo de Director de la Fundación Viaje de Vuelta presenté en auditorios, curso de capacitación para terapeutas, talleres de prevención en colegios y programas de televisión o radio el concepto explicativo que fundamenta: ante la apariencia de estar trabajando y brindando terapia, vida y bienestar a fanáticos ciegos o personas de miras estrechas que son individuos valiosos, recuperables en la mediada en que nos opongamos firmemente al diagnóstico de “irrecuperable”, albergando en cambio la esperanza de familiarizar a estos queridos seres descarriados con la virtud, la fe, el sabor de la vida sana, lo justo y lo correcto, la responsabilidad, el amor por su propia vida y por la existencia de sus semejantes lograremos el objetivo.
Hay que proporcionarles una correcta visión espiritual del universo, estrechamente unido a un enfoque moral tan pertinente como necesario a la condición humana. De conseguirse, esto los hará ser ciudadanos responsables, miembros honorables de la raza humana y personas solidarias, armoniosas y útiles dentro de sus propias familias.
Todos conocemos esa vista panorámica pesimista de los adictos en cárceles, en clínicas psiquiátricas sin resultados rehabilitatorios; también conocemos esa valiente confesión de la desesperanza y desesperación en las que se encuentran sumergidos y encadenados los familiares de los adictos.
Durante años todo luce como una batalla espiritual perdida que disputa el adicto y su familia. hasta que llegamos a la Comunidad Terapéutica.
El pesimismo y desaliento son contrarios al espíritu del tratamiento ya que la Comunidad Terapéutica trabaja para el futuro de la humanidad, para que los adictos cuenten con un presente y con un futuro grande y brillante.
La batalla intelectual, terapéutica y espiritual que actualmente libramos los terapeutas comprometidos no es una batalla perdida; pese a que el progreso a veces se aprecie con lentitud dadas las características de ciertos adictos no bajaremos los brazos permitiendo que la humanidad continúe sufriendo tantas pérdidas irreparables.
La adicción debe detenerse en forma urgente e inaplazable; debemos precisar con clara óptica, lo más realista posible la ardua y espinosa tarea terapéutica a realizar en cada persona adicta.
Se advierte en forma constante acerca de los graves peligros y dificultades con que inevitablemente han de enfrentarse; se motiva a aquellos interesados en la felicidad espiritual de la humanidad, se fortalece la indeclinable responsabilidad que tienen de mantenerse alertas, en constante vigilia, tomando finalmente una nueva actitud hacia el género humano y hacia su propia persona en los problemas que hoy le afligen.
Un centro de rehabilitación para adictos responde a la necesidad social de contar con esta clase de servicio integral.
Brinda respuestas a cada necesidad moral.
El objetivo de la revisión viene propiciado esencialmente en el logro de una mejor claridad de ideas y en la sencillez de su expresión.
La rehabilitación encausa y respalda a todos los buscadores de auténticas convicciones sean los mismos adictos, sus familiares, sus terapeutas y es por eso que se invita a todos en su conjunto a apreciar la importancia de cada cuestión.
Hay personas que se complacen en dudar del concepto científico y religioso de la rehabilitación ya sea por falta de experiencia, de comprensión o por intentos fallidos realizados en otras instituciones en tratamientos anteriores que no prosperaron.
La actitud de esas personas desilusionadas, incrédulas y abatidas con frecuencia refleja una mentalidad incómoda.
Deben volver a intentarlo, de otra manera, nuevas técnicas, propuestas diferentes y no bajar los brazos.
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