|
|
EL ADICTO
Y SU REHABILITACIÓN
Alejandro Merenzon
CAPÍTULO II
EL ADICTO
El adicto es un enfermo. Su enfermedad está en el alma, en el espíritu y en el intelecto.
Cuando el adicto se siente solo, ama a los aduladores, necesita de los obsecuentes que son todos aquellos que como él se convierten en ebrios, dormidos, drogados, rebeldes; se esclaviza mediante el consumo de sustancias que alteran la percepción con la vehemencia de un volcán.
Los adictos poseedores de almas que no aciertan a gobernarse ni a vencer las pasiones destructivas, rigen mal sus propios ímpetus produciendo circunstancias que encadenando el infortunio y forzando el destino los lleva a deambular entre mil incertidumbres.
El adicto se convierte en tirano y esclavo al mismo tiempo.
Tirano, obligando despóticamente a su propia familia y seres queridos a soportarlo, sufriendo ellos la angustia, tristeza y bronca de una convivencia insoportable.
Esclavo en el repetido consumo de drogas y/o bebidas alcohólicas evitando siempre acabar de manera concreta y resuelta con aquellas actitudes y situaciones que dañan el bienestar general.
El adicto promueve y genera desgracias, horrores y desórdenes tales como episodios hospitalarios por sobredosis, accidentes conduciendo vehículos (motos, autos) en estado de embriaguez o de intoxicación, problemas de tipo policial o judicial, ataques continuos a sus familiares, inestabilidad y falta de armonía dentro de su propio hogar, conflictos con vecinos o compañeros de estudio y/o de trabajo, gritos, escándalos, falta de control sobre sus impulsos y reacciones, agresión, violencia, pérdida del sentido del tiempo, deserción escolar, despidos laborales, deshonestidad e inestabilidad, dependencia económica familiar.
Generalmente son vagos y mantenidos. Inadaptados, rebeldes, inconstantes, degradados, a veces hasta despreciados, desalineados con su egoísmo al servicio de sus pasiones terminando muchas veces arruinados, encarcelados, internados, heridos o muertos.
Los adictos son un grupo de esclavos, personas que se buscan entre sí para destruirse mutuamente formando así una microsociedad transgresora y marginal, amante del peso de sus propias cadenas.
Algunos adictos llegan a ser terribles en su “empecinada guerra” visible contra el bienestar general y la armonía personal, familiar y social.
El egoísmo al servicio de sus bajas pasiones o bien “sus bajas pasiones al servicio de su egoísmo”.
Algunos se muestran temerarios, insensibles o indiferentes frente a necesidades, dificultades o requerimientos familiares y/o sociales. Creen que el fruto de sus “tareas” deben conducirlos únicamente a esa obligación tan sagrada que es el consumo de venenos (drogas, alcohol). Autoagreden mente, cuerpo y alma, disfrutan de sus propias tinieblas, del despotismo saboreando sus usurpaciones.
Rousseau hablaba acerca de “poner luz” a nuestros derechos, deberes y obligaciones disipando así las tinieblas que nos envuelven pero el adicto busca lo oculto, secreto, cree ser un “monumento del ingenio” dada su habilidad y destreza para conseguir su veneno y lograr autodestruirse una vez más.
Se convierte en conocedor de un nuevo lenguaje despótico causando zozobra familiar, social, anunciando así su propia ruina.
Excitado por su adhesión al descontrol, agitado siempre, huye de sí mismo, busca el deterioro de escrúpulos sin temor al abismo.
Aborrece la madurez y la moderación; al examinar objetivamente sus propias cuestiones autodestructivas, cree decidir su suerte con feliz resultado.
Por momentos observamos ferocidad, estruendo al transitar la escalera descendente hacia la más horrenda anarquía.
Vemos que obedece ciegamente todos los reglamentos consagrados a mantener el desorden y el desacierto abrazándose a los gravísimos riesgos de una desenfrenada licencia.
Licencia para dañarse, licencia para alterar y hundir en el peor pozo a su familia, licencia que se otorga a sí mismo para derrotar la obediencia en pos del bien común y licencia para arrastrar y arruinar así a todos en el terrible caos.
El adicto ve la tierra cubierta de cadáveres y teñida con la sangre de otros adictos que se inmolaron creyendo que el consumo de estupefacientes, de bebidas alcohólicas, de alucinógenos y psicofármacos los ayudaría a encontrar en esta vida el paraíso terrenal.
Algunos piensan y dicen “a mí no me va a pasar” o “prefiero morir en mi propia ley” o “no exageren, no es para tanto” o “de algo hay que morir”.
Mientras persisten con sus posturas negadoras todos aquellos familiares, vecinos y amigos que los quieren bien y de verdad, al observarlos viven un cuadro espantoso de desolación e impotencia.
¿El adicto es peligroso?
Sí, lo es por la influencia negativa que puede ejercer en otros y por el estrago que puede causar en el seno familiar y social.
Por otro lado distorsiona el concepto de libertad confundiendo con libertinaje y no logra apreciar ni valorar o cuidar el inestimable don de su verdadera libertad.
La adicción es una desgracia de la humanidad inventada por los tiranos para enriquecer sus arcas, anestesiar al pueblo y convertir en esclavos y nuevos tiranos a seres nobles y bellos arrebatándoles así años y décadas de armonía, paz y equilibrio.
La adicción es perecer en un cadalso. El adicto atenta contra su propia persona regalándose a sí mismo el descontento, la insatisfacción, el descrédito, las ansias de saciedad, renunciando al bienestar y a la cordura mientras mira su conducta errada con cierto género de placer.
Cree lo contrario al bien de los pueblos, a la dignidad personal y familiar. Diagrama, construye su propia ética y moral convencido que valores tales como la puntualidad, el ahorro, la buena educación, la disciplina, la buena voluntad, honestidad, estudio, trabajo, orden, aseo, buen trato, solidaridad, etc, son conceptos retrógrados, fuera de época, alienantes, pasados de moda, inservibles e innecesarios.
La adicción es un recurso miserable en el cual se consuman los males y se consumen los individuos.
Vemos a nuestros familiares adictos quejosos, descontentos, con injustos reclamos y pretensiones disparatadas, vociferando ingratitud, desperdiciando energía, tiempo y dinero.
Los adictos violentos, psicotizados, enajenados, a veces sirven de ruina a la sociedad civil. Absorben el jugo de la producción familiar y en nada remedian las grandes necesidades de los infinitos miembros de la sociedad.
Muchos adictos roban objetos en su propio hogar; hurtan pertenencias de sus más íntimos seres queridos privándolos luego de sus propios electrodomésticos (venden TV, video casetera, multiprocesadora, máquinas de fotos, filmadora, licuadora, radiograbador, relojes, etc), desapareciendo así los más queridos recuerdos de familia como ser la cadenita de oro que era de la abuelita o joyas heredadas de familiares fallecidos.
Otros adictos más descarriados, aún en su falta de límites han llegado a robarle el auto al padre, chocando y destruyéndolo o bien han vaciado la casa familiar por completo vendiendo por moneditas la máquina de cortar pasto, la propia ropa y la de sus hermanos o padres llegando algunos al punto de venderle a la familia hasta la heladera, lavarropas y muebles simulando un robo, aprovechando algún descuido o falta de presencia familiar en el hogar.
Conozco muchos casos de pacientes que he tratado en los últimos 20 años que llegaron a vender hasta la garrafa o tubo de gas dejando a toda su familia sin posibilidad de cocinar o de bañarse con agua caliente.
Cientos de casos, miles de adictos, “revientan” y malvenden objetos valiosos del hogar familiar por unos pocos pesos que solamente les sirven para una noche de embriaguez y descontrol.
Me tocó asistir y tratar en psicoterapia a adictos que malvendieron la bicicleta de su hijito, que le robaron la jubilación a su abuelita o que los mandaron a comprar un remedio para su hijo enfermo y en lugar de ir a la farmacia desviaron su rumbo gastándose el dinero que podía aliviar o salvar a una inocente criatura en unos tristes vinos, ridículas cervezas o bien drogas ilícitas.
También he atendido en tratamientos de rehabilitación a adictos que contaban en psicoterapia individual o grupal cómo salían a la calle bien vestidos regresando al hogar familiar uno o dos días después absolutamente desnudos, descalzos y en calzoncillos habiendo vendido o “transado” toda su ropa por alcohol o drogas.
¿Y en estos casos qué suele suceder?
Mamá, papá salen nuevamente a comprarle ropa y zapatillas porque “el nene” está otra vez desnudo.
Esto lo hacen adictos de todas las edades: desde chicos de 15 años hasta adultos alcohólicos o cocainómanos de 50, 60 o 70 años de edad.
He trabajado como Director Terapéutico con personas que despilfarraron un millón de dólares; adictos que gastaban mil, tres mil, cinco mil dólares en cada “fiesta” de cocaína, champagne, mujeres, sexo, descontrol, orgías.
Adictos empedernidos, viciosos sin límite, degradados aún con sus Rolex, Mercedes Benz, tapados de piel, viajes a Europa, New York, Punta del Este.
Todo se derrumba, el dinero se gasta y en un par de años nada queda.
Narraré algunos casos más adelante.
Regresando al ciudadano común y a los hogares de gente de trabajo también he observado como muchos adictos canjean una licuadora o un par de zapatillas por dos vinos, un porro o dos Rohypnol.
El adicto cree vivir alardeando su impune violación a los derechos familiares evitando el respeto social.
Desarrolla su ridículo juego con impune violación. Su adicción es un vicio destructor que se ejerce con total descaro. Su accionar es deformidad.
Observamos muchas veces degradación, incertidumbre, especulaciones fanáticas, aniquilación.
Vive sepultado en una miseria que solamente puede ser causada por un enemigo cruel.
Atrapados por el conflicto de riesgos, ansiedades patológicas, cinismo e inestabilidad, algunos adictos detestan la vida sana, ordenada u hogareña.
Se aburren en su hogar con sus seres amados y necesitan envolver en tinieblas sus reservas y misterios acompañando el deterioro y el embrutecimiento.
El adicto deambula de error en error y de bajeza en bajeza haciendo de su existencia una verdadera desdicha.
Al no tener libertad de pensamiento no adelanta en el arte ni en conocimientos útiles. Mas bien apuesta al estancamiento y al embrutecimiento. Disfruta los absurdos que han consagrado los mediocres.
En su espíritu vegetan el error, la mentira, el fanatismo causando su ruina y su miseria.
Conocí decenas de alcohólicos que absolutamente enajenados cometieron durante años y décadas las peores barbaridades.
Algunos, en estado de embriaguez gritaban, insultaban a su mujer e hijos, daban portazos, perturbaban la convivencia con reacciones y provocaciones de toda índole rompiendo vasos, revoleando platos, destruyendo televisores, pegando trompadas a las ventanas rompiendo los vidrios, partiendo sillas y mesas arrancando ventiladores de techo, tirando abajo puertas, quemando la ropa de toda su familia ¡y todo esto lo hacían delante de los chicos!
Otros regresaban a casa golpeados, ensangrentados, muy heridos, semimuertos, traídos por la policía o en ambulancia ¡y los chicos viendo a papá o mamá en ese estado!
Escuché testimonios en psicoterapia de personas alcoholizadas que en su hogar vomitaban sangre, defecaban u orinaban sobre su propia cama, en el piso, se revolcaban ebrios en el barro, aparecían tirados en una zanja embarrados; destruidos eran alzados por familiares o por los vecinos quienes muchísimas veces terminaban hospitalizándolos con gravísimas heridas.
¡Y las criaturitas viendo semejante deterioro!
En fin, personas adictas que perdieron el respeto a sus hijos, que fueron expulsados de sus hogares por la policía con orden judicial, también despedidos de sus empleos por incumplimiento y mal desempeño, individuos separados de sus cónyuges y distanciados de toda su familia.
Almas deshechas. Sufrimiento en soledad. Abandono de sus propios cuerpos maltratados, espíritus corrompidos, mentes ahogadas en el pantano, vagancia, depresión y ocaso.
Así son la drogadicción y el alcoholismo.
Algunas personas suelen decir “¿hasta dónde llega el abandono de estos malvados?”
Yo diría ¿malvados o enfermos?
Gente que transitó un largo viaje marcado por la escasez y el sufrimiento.
El adicto es un enfermo, al observarlo vemos calamidad, pérdida e infortunio.
La adicción es como un accidente mortal que corta una vida brindando sólo el tiempo para prepararse anímicamente hacia la muerte inevitable.
A la persona le es arrebatado aquel ardiente entusiasmo que alguna vez tuvo, encontrándose hoy en medio del océano sacrificándose él mismo, terminando la carrera de su vida como víctima de su propia desgracia.
Sacrifica sus talentos, su capacidad y su don, renuncia o se ve excluido de una búsqueda espiritual que permitiría una elevación y un crecimiento; apuesta al deterioro nefasto y patético.
Atrapado por Lúcifer se ve alineado en las filas del caos junto a los tiranos que alguna vez detestó como Hitler, Musolini, Stalin, Nerón, Calígula, corriendo igual que ellos toda clase de riesgos y dañando su reputación al arrastrar a sus seres queridos al caos.
Son muchos los adictos que se muestran indiferentes ante la miseria familiar y social. Se los ve como insensibles espectadores del amargo llanto familiar y social no queriendo comprometerse con las visibles ruinas y estragos.
¿Qué hace el adicto por los chicos huérfanos hambrientos, por los ancianos enfermos, por las penurias del desocupado? ¿Dedica algo de su tiempo en atender a los necesitados? ¿Se interesa por ayudar a aquellos que no comen desde hace días? ¿Pone energías para conseguir alimentos requeridos por algún comedor barrial? ¿Cocina o lava platos en forma desinteresada y por amor en algún hogar de ancianos sin recursos? ¿Colabora con Greenpeace, muestra interés por la ecología, por su barrio o por su país? ¿Dedica aunque sea diez minutos diarios de su tiempo para juntar firmas a los efectos de asfaltar una calle o mejorar una plaza de su propio barrio?
La respuesta es NO, NO, NO.
Su egoísmo no le permite ver ni interesarse y es por eso que el drogadicto, el alcohólico, el delincuente reincidente, el golpeador compulsivo, muchas veces es visto como un desposeído, deshecho, desheredado, descastado, desperdiciado, descompensado, desarraigado, desordenado, despilfarrador, deshonesto, desatendido, desprotegido, desalineado, desprestigiado o bien se lo considera un incumplidor, incoherente, inadaptado, inmaduro, inmoral, insensato, ingrato, incomprendido, infeliz, inapropiado, insistente, infame, inescrupuloso, incorrecto, inoportuno, injusto, inoperante, insurrecto, invadido, invasor, ineficiente, inestable.
El adicto suele tener características de libertino. Promueve, defiende y genera el libertinaje empeorando su situación.
Padece fuerte sed de descontrol y de promiscuidad que lo devora y atormenta.
Mariano Moreno (1778-1811) decía hace dos siglos “quien no colabora con y por el bien común tiene un alma de malvado e inteligencia de imbécil a menos que sea un demente”.
Entonces planteo y replanteo ¿acaso no es un demente el ebrio enajenado o el drogadicto intoxicado y psicotizado? ¿Es un enfermo en estado de alteración o es un malvado o un imbécil?
Si observamos únicamente su comportamiento resultaría insuficiente porque siempre nos va a chocar su revoltijo de inepcias tan enormes y de perversidades tan cínicas.
Regresando al libertino tengo que reconocer que habiendo atendido, brindado tratamiento de rehabilitación a más de 2000 adictos en los últimos 19 años, el 90,5 % compartió en psicoterapia grupal o en sesiones de psicoterapia individual que se acostaban y tenían relaciones sexuales promiscuas con otras personas también adictas desconociendo los nombres y apellidos de sus amantes ocasionales sin el uso de preservativos, ignorando edad, historial, domicilio de dichos compañeros o compañeras de descontrol o descarga sexual.
No sabían ni les interesaba saber el nombre, ni la edad. No conocían a la persona ni se cuidaban del HIV u otros contagios.
Un 50,2 % de mis pacientes y de los residentes en tratamiento reconoció haber participado repetidas veces en experiencias de sexo grupal (orgías) encontrándose todos o por lo menos muchos de ellos en estado de ebriedad o de intoxicación en diferentes formas, combinaciones y modalidades.
Alcoholizados, fumados (marihuana), re-duros en psicosis cocaínica, empastillados con psicofármacos de toda índole (depresores, hipnóticos, ansiolíticos mezclados con alcohol) participaban con desfreno y frenesí en estados orgiásticos de tipo:
2 adictos con 1 adicta
2 adictos con 2 adictas
3 adictos con 1 o con 2 adictas intercambiando, llegando en algunos casos a ser 5, 6, 7 personas ebrias y pervertidas revolcándose sexualmente mientras continuaban drogándose y alcoholizándose en pleno acto sexual.
Tuvimos casos de adictos residentes en tratamiento cuyas edades oscilaban entre los 15 y los 40 años de clase social baja y media baja que en un 35 % reconocieron haber tenido relaciones homosexuales por dinero, drogas o interés.
Un 10,5 % de los adictos en tratamiento con edades de 21 a 70 años siendo masculinos y femeninos asumió haber practicado la sodomía en estado de ebriedad y/o en pleno consumo de drogas.
El 90,3 % de los adictos de toda edad, clase social, formación cultural y de ambos sexos asumieron haber tenido relaciones sexuales por dinero, por drogas, alcohol y diversión.
Solamente un 10 % se aferró a la monogamia, a la fidelidad y al amor.
Muchísimos adictos y adictas de clase baja, hijos de trabajadores de barrios humildes tuvieron sexo promiscuo ocasional por 10 pesos para vino, cerveza, psicofármacos, etc.
El 95 % de los menores de edad en tratamiento de ambos sexos, provenientes de todo medio socioeconómico y cultural tuvo experiencias sexuales consumiendo drogas y bebidas alcohólicas.
Sobre 2000 casos estudiados de personas adictas en tratamiento de rehabilitación, el 90 % consumió pornografía estando ebrios o drogados en su etapa de descontrol callejero anterior a su internación.
Tuvimos en terapia algunos casos muy significativos como ser una chica que se dedicaba a la prostitución y que reconocía haberse acostado con 1000 hombres y con 100 mujeres en 5 años de “trabajo”, siempre consumiendo Alplax previo al acto sexual.
Otro caso curioso fue el de un alcohólico de 40 años, de clase baja que reconocía el haberse embriagado durante 10 años y que junto a dos linyeras cirujas tenían relaciones con una mujer de edad, todos ebrios sobre la cama de su madre, vomitando, defecando y orinándose mutuamente unos a otros dejando las sábanas en los peores estados, toda la casa deshecha y mugrienta para que su madre de 65 años de edad limpiara y acomodara al regresar de su trabajo.
También participé en terapia con personas adictas que asumieron haberse inyectado cocaína diluída en agua (1/2 gramo de cocaína en 10 ml de agua) en jeringas sin agujas para su consumo por vía anal.
El adicto se ve seducido por el agravio, vive dentro de un perverso esquema de persecución (persigue drogas, alcohol, descontrol) y a su vez lo persiguen su familia desesperada, la justicia y los acreedores.
Facilita como todo descarriado situaciones y experiencias diarias de fraude, mentiras, engaños y deshonestidad.
El adicto facilita el fraude.
Busca satisfacer sus inclinaciones particulares sin medir ni tomar en cuenta el perjuicio de la seguridad pública.
A veces cae en la burla, se lo ve como una persona de baja esfera, soberbio y helado hasta el extremo.
Entra en celos y recelos, su lengua maldiciente junto a su alma intrigante buscan medios para indisponer los ánimos propios y ajenos.
Estando en síndrome de abstinencia físico o psíquico lo vemos actuar como un Demonio del Infierno.
Decía Mariano Moreno en 1810 que “no se puede tolerar que las miras personales sostengan una conducta que comprometa la tranquilidad pública”. “Cuando las pasiones del hombre andan sueltas cuán interesante pero cuán horrible es observarlo”. “La cobardía es compañera inseparable de los delitos”. “Buenos Aires no quiere entre sus hijos hombres extranjeros a las virtudes”.
Se refería al país entero, al mundo en su totalidad y no exclusivamente a nuestra ciudad o provincia. Se refería a los adictos.
La persona adicta constantemente desarrolla su nefasto plan formulado en un estilo destructivamente fascinador para sí mismo.
Renegado, rebelde, penetrado por la necesidad de trastocar el orden de sus designios se hunde.
Se expresa, en ocasiones, con un convencimiento que hace estremecer, renegando del decoro y amando la degradación.
Para algunos, sus momentos de placer afloran en aquellos ratos de humillación.
Dean Funes escribió en 1810 “cuántos conocimientos hermosean a la razón misma”. Mi pregunta sería ¿cuál o cómo es la razón del adicto, el razonamiento de la persona enferma, intoxicada y en estado de alteración? El individuo atrapado por su adicción ¿busca salir de su esclavitud? ¿Se conforma con la violencia y con la humillación? ¿Es acaso un obrero infatigable que dedica energías y talentos a la autodestrucción?
La vida deja de sonreír, la ambición mezquina propaga el desconsuelo anhelando los abusos y su propia extravagancia.
La desgracia conduce a la persona adicta a un estado de languidez, letargo y ociocidad por los excesos que imprudentemente se da a sí mismo.
Su desmedida ansiedad por consumir e intoxicarse lo perturba y domina, detesta las trabas y los límites no permitiendo que personas lúcidas lo consuelen ni que participen de sus disgustos.
Algunos ven venir su muerte con la serenidad de Sócrates; otros buscan a diario la aniquilación sin el menor interés por la vida renegando así de virtudes, empleos, afectos o estabilidad.
El adicto busca ahogar sus esperanzas en el alcohol, en las drogas, en la violencia, en todo lo dañino.
Niega a su familia el sacrificio de soportar un síndrome de abstinencia y de aprovechar un tratamiento de rehabilitación porque no lo quiere. No puede o no le interesa cambiar, progresar, modificar, transmutar.
“Las mismas costumbres y los mismos vicios han producido siempre los mismos efectos” decía en 1810 Mariano Moreno anticipándose a este infortunio y desolación.
También explicaba cómo el mayor enemigo es la esclavitud, una esclavitud que encadena a la persona a los peores males arrastrando en su descenso y caída a toda su familia de forma cruel y vertiginosa.
Continuamente el adicto se ve enfrentado a problemas, la gran mayoría de las circunstancias ambientales le son desfavorables por eso (entre otros factores) se embriaga, intoxica, como método de evasión pretendiendo huir de una perspectiva sombría para su visión.
¿Son víctimas inocentes de un entorno cruel y despiadado?
Algunos adictos son reservados, temerosos, vergonzosos, incluso recelosos de su ambiente; de este modo les resulta poco menos que imposible aportar alguna contribución válida a la sociedad u obtener beneficios sensibles de ella.
Otros, nadando en la agitada marea social, tratan de aparecer como aceptables y hasta de buen tono pero tarde o temprano muestran sus aspectos destructivos y deshonrosos.
Indiferentes, apartados y complacientes se muestran fascinados por las almas perdidas integrando así una “multitud solitaria”. Marginales, simples afiliados al club transgresor, al submundo cloacal, al fétido aliento que genera distancia y dificulta el acercamiento.
Viven desviándose y amando los desmanes creyendo simbolizar el más alto nivel de desapego renegando de toda aspiración convencional humana.
Defienden lo amoral, la chatura, la pérdida, encontrando la máxima satisfacción dentro del marco destructivo que sabotea toda posibilidad de redención.
Sólo muestran un interés superficial, conformándose con mezquinos goces y placeres carnales.
Automarginándose se interesan únicamente por sus antiguos o a veces novedosos círculos de asociación que no les permiten valorar correctamente su propia herencia intelectual, cultural, espiritual o vocacional.
El adicto no quiere reconocer ni asumir que todo cuanto hace en este mundo, cada intención que tiene, cada movimiento que realiza, todos los pensamientos que alberga y todas las palabras que dice conforman su autodestrucción sin tregua ni piedad.
Su existencia carece de sentido; ningún hombre sensato puede concebir esta vida carente de significado y ningún ser razonable dejaría su existencia a merced de una adicción esclavizante.
La persona adicta cree que puede existir con prosperidad sin una firme administración. Agrede los sentidos y facultades que necesita para su crecimiento, no utiliza su mente para entender, ni el alma o la conciencia para ser justo, correcto o bondadoso, tampoco sus sentimientos o criterios para ser ético.
No se considera un desventurado ni un vicioso o enfermo; reniega del “reino de la excelencia y virtud” entregándose al fatalismo a más no poder.
No se permite establecer la paz entre sí mismo y su prójimo o su familia, no se otorga la facultad de tomar nuevas o mejores opciones optando únicamente por la desobedencia desviándose del camino recto y persistiendo en la incoherencia.
Provocar el descontento es su consigna mientras permanece perdido, corrompido, olvidado de sí mismo; abandonado o escondido sueña con disfrutar arrojándose al infierno con su turbio expediente generoso en malestar.
Cree ser astuto cometiendo impunemente malas obras y escapando al castigo de las leyes mundanas.
Disculpa la injusticia, tolera la maldad, beneficia a sus explotadores aconsejando permisividad y promiscuidad a los desposeídos como él.
Al adicto lo seduce la ebriedad, la delincuencia, prostitución, estados orgiásticos, la vagancia, el deshonor, la mentira y el engaño, el deterioro, el desorden, la lujuria, la transgresión, conspiración, rebeldía y desengaño.
El despilfarro y los excesos lo llevan a malvender sus pertenencias, a robar a sus familiares y a hacer daño social.
Se encuentra fuera de su sano juicio. Acepta a Lúcifer y a Satanás con su mayor estima y respeto descartando toda posibilidad de reformarse.
Ama fracasar y se considera un caso perdido retroalimentándose en su falta de esperanza negando o rechazando los pedidos de auxilio.
Muchas veces el adicto suele considerar “gil” o aburrido a quien estudia, trabaja, al hogareño, a quien realiza un tratamiento de rehabilitación; tiene su escala de valores distorsionada y trastocada. Se denigra y revuelca, se vende por monedas, se castiga, se flagela, se perturba, se sumerge, se descontrola, se aturde, se intoxica, se embriaga, se droga, se fuga, se vanagloria, se entrega al demonio eligiendo habitar en el infierno ardiendo en el peor desacierto desafiando toda ética y moral.
Algunos practican rituales superficiales, argumentan conceptos errados, adoptan formalidades vacías, creencias inapropiadas y técnicas ineficaces.
¿Cómo sucumben? Los vemos cautivos, mendigos, menesterosos, enfermos, trasnochados, deteriorados, castigados, destruidos, semimuertos, heridos, manoseados, enajenados, catatónicos, encolerizados, desquiciados, detenidos, hospitalizados, fisurados o muertos.
Ostentan y comparten entre sí móviles absolutamente irresistibles, depresiones incontrolables, vacíos impenetrables, profundos abismos mortales mientras proclaman la libertad sin conocerla, sin valorarla, ni garantizarla.
Aplican su libertinaje a todas las actividades, en todas las andaduras de sus vidas apostando al sometimiento.
Sobreviven profanando los derechos de los demás; con sus almas corruptas pretenden liberar sus mentes adquiriendo más supersticiones e incertidumbre brindándole a sus conciencias corrompidas opresión y temor, a sus cuerpos desorden y degeneración.
En algunas facetas y aspectos, el drogadicto, el alcohólico, el adicto en general es un abusador, un desviado y un degenerado.
Abusa de su propio cuerpo, mente y alma; abusa de su familia siendo vago, mantenido, generando angustia y malestar; abusa del consumo y de los riesgos.
Es un “desviado” porque desvió su rumbo y no volvió a encausarse.
Convivir con un adicto es una tortura. No es tarea fácil ni sencilla, no es agradable ni placentero. Es difícil.
Convivir con un adicto es desgarrarse en la opresión y en la exclusión.
Todo familiar y ser querido convive con un adicto pretendiendo disfrutar o armonizar conforme a sus méritos, de acuerdo con su accionar y obras.
¿Cuáles son hoy los méritos del adicto en la convivencia cotidiana? ¿cómo es su accionar y su obra? ¿Qué siente una madre o un padre? ¿Cómo vive, qué opina y cuánto sufre el hijito de un alcohólico o de un drogadicto al compartir semejante descontrol a diario?
¿Cómo y cuánto afecta a una criatura recibir esos niveles de violencia y de desorden dentro de su propio hogar? Nadie que se encuentre en sano juicio puede subestimar la trascendencia de las acciones, de las palabras, de las vivencias desgarradoras que se observan en la cotidianeidad del adicto y de su familia.
www.elgranparaiso.com.ar
|
|