|
|
EL ADICTO
Y SU REHABILITACIÓN
Alejandro Merenzon
CAPÍTULO I
TESTIMONIOS DE FAMILIARES
MAMÁ DE RAMÓN – Enero 2003
Abril del 2000, la situación en casa era terrible porque mi hijo Ramón estaba muy pero muy mal.
Se drogaba, se emborrachaba, andaba con muy malas amistades, todos drogadictos, borrachos, vagos y ladrones. Desaparecía de casa y yo salía a buscarlo por el barrio desesperada por encontrarlo y por rescatarlo de toda esa basura.
Yo viví diez años de tortura por su adicción, no podía dormir de noche, no tenía paz en casa ni en mi vida, toda la familia estaba muy mal con mucha bronca hacia él y con desesperación.
Ya lo habíamos internado en diez lugares distintos pero él nunca quiso cambiar, se escapaba de esas fundaciones a la semana, al mes o el mismo día que se había internado.
Comprobé que las comunidades abiertas no eran para él porque se iba y aparecía en casa drogado, borracho; a veces sucio y golpeado o preso.
A él no le interesaba un tratamiento ni rehabilitarse por eso cuando me recomendaron esta comunidad cerrada me interesó mucho porque a pesar que él tenía 30 años y era un adulto, yo sentía que tenía que protegerlo, aislarlo de la calle, de esas amistades, del consumo de drogas y de bebidas alcohólicas.
Fui a una entrevista, firmé una planilla con mis datos y con los de mi hijo, vinieron a casa a buscarlo, el Director con el médico y dos muchachos más. Lo internaron sin pelea, sin violencia, se lo llevaron rapidísimo y lo importante es que nunca se pudo escapar porque yo como madre hice todos los trámites en un juzgado con los certificados médicos y psicológicos que me hicieron en la Fundación.
Ya lleva 4 años internado y está mucho mejor, está muy bien, yo siempre fui los domingos a visitarlo y a la terapia.
Yo podría haberlo sacado de la Comunidad hace uno o dos años cuando lo empecé a ver muy cambiado, con ideas diferentes, con un muy buen trato conmigo y con el resto de mi familia.
Ramón se enganchó mucho con la terapia, lo empezamos a ver muy cariñoso, pero no lo saqué, ni se me ocurrió continuar con un tratamiento ambulatorio porque ya estoy muy quemada y golpeada por él, no le creo nada aunque lo vea bárbaro ni me va a convencer para que le de una oportunidad fuera de la Comunidad por ahora porque no quiero correr riesgos después de tantos años de sufrimiento.
Los drogadictos son todos muy mentirosos y yo no me voy a dejar engañar más por él. Estoy muy conforme con el tratamiento y con la vida que hace internado en la Comunidad; si fuera por mí lo dejaría varios años más ahí protegido para que todos nosotros podamos vivir tranquilos.
MAMÁ DE CARLOS
Nosotros estábamos desesperados porque Carlitos estaba tan mal que podía morirse en cualquier momento. Tomaba muchísimo alcohol, no podía parar y ya lo habíamos internado en forma hospitalaria varias veces porque su hígado estaba en estado calamitoso y todo en él estaba muy deteriorado.
Carlitos era un alcohólico sin límites y lo peor es que no quería internarse para hacer un buen tratamiento. Nunca logramos convencerlo porque era muy rebelde y testarudo.
Todos habábamos con él, mi marido, mi otra hija, mi yerno pero no nos daba bolilla; prometía que iba a cambiar y que dejaría de tomar alcohol pero eran puras promesas y mentiras. Ya no sabía qué hacer porque se alcoholizaba, tiraba muebles por el balcón de su departamento, vomitaba sangre y los doctores nos decían que no le quedaba mucho tiempo de vida si seguía así.
Un día fuimos con mi hija a una entrevista con el Director de la Fundación en su oficina sin que él supiera nada, nos interesó mucho el tratamiento porque queríamos salvarlo a él y a toda la familia.
Escuchamos diversas formas de internarlo, nos explicaron que podían venir a buscarlo a domicilio pero preferimos llevarlo engañado a la Comunidad en Pilar porque él es gasista matriculado y mi cuñado le dijo que había un trabajito, una instalación de gas para hacer en una casaquinta de un conocido suyo en Pilar.
Carlitos aceptó hacer esa instalación porque él siempre quería y necesitaba tener dinero para tomar alcohol.
Cuando llegamos a la Comunidad él no sospechó nada raro porque no había un cartel o algo por el estilo que dijera lo que era. Había como cincuenta personas internadas pero las habían mandado a los dormitorios para que él no los viera y no sospechara nada raro. Además, el Director nos aconsejó que por supuesto él viniera sin equipaje y solamente con su caja de herramientas de gasista para hacer el trabajo de instalación del gas.
Todo fue rapidísimo, sin problemas y en cinco minutos ya estaba dentro de un dormitorio con sus nuevos compañeros de tratamiento. Los directores estaban muy cancheros y sabían hacer muy bien su trabajo. ¡Qué alegría! ¡Qué felicidad!
Lloramos tanto y le dimos gracias a Dios por tener a Carlitos por fin internado haciendo su tratamiento de rehabilitación. El médico estaba ahí también esperándolo para entrevistarlo y hacerle un chequeo. Nosotros felices. Volvimos a vivir.
Carlitos estuvo dos años internado en la Comunidad, jamás nos reprochó que lo hayamos llevado engañado y que lo internáramos a pesar de ser un adulto de 40 años de edad. Progresó muchísimo y se convirtió en otra persona; en cada visita y terapia familiar fuimos viendo sus cambios y su enorme progreso.
Todos los muchachos y chicas eran un amor, los directores y el médico nos orientaron y nos contuvieron siempre.
Carlitos se enganchó tanto y tan bien que fue escalando y llegó a ser subdirector de la Comunidad.
Tuvimos como 100 visitas y terapias hasta que de a poco empezó a tener salidas con nosotros comportándose siempre muy bien, demostrativo, cariñoso, lúcido y se reconcilió con toda la familia integrándose de a poco al hogar.
Jamás volvió a tomar alcohol y ya lleva cuatro años bien, trabajando como gasista con responsabilidad. Es un placer verlo tan bien.
Todos nosotros estamos muy agradecidos al grupo, a los directores y al médico que le salvaron la vida.
Vemos que ahora Carlitos recuperó las ganas de vivir bien en familia y esperamos que nunca más vuelva al alcohol.
Estamos muy conformes y agradecidos.
PAPÁ DE ADRIANA – Febrero 2004
Yo los llamé a ustedes porque me recomendaron la Comunidad y me dieron el teléfono en la Clínica Psiquiátrica donde estaba internada mi hija Adriana.
Mi hija tiene 40 años, era drogadicta, alcohólica, tenía trastornos de conducta muy severos a tal punto que no se podía convivir en casa. Insultaba y le pegaba a su madre, tomaba alcohol y mezclaba con pastillas, psicofármacos que le robaba a su madre, salía con tipos que conocía por internet, derrochaba el dinero, tenía crisis de todo tipo como depresión y violencia, por eso decidimos internarla por varias semanas en una clínica psiquiátrica.
En realidad no era una loca para estar en un psiquiátrico medicada y dopada, la engañamos proponiéndole ser trasladada a la Comunidad Terapéutica por unos días.
Aceptó, permaneció un año internada en la Comunidad sin escándalos ni fugas y con buen comportamiento.
Mejoró muchísimo, el tratamiento le hizo bien y nos gustó mucho el grupo de familiares, las terapias que hicimos con ella y todo el grupo humano de chicos y chicas.
A nosotros empezó a tratarnos mucho mejor y logró un equilibrio.
Siempre fuimos a visitarla y a la terapia familiar, nos costó estar sin verla durante varios meses porque la extrañábamos mucho pero reconozco que el distanciamiento a ella le sirvió.
Creo que cometí el error de sacarla del tratamiento antes de tiempo porque la veía tan cambiada y tan bien que me dejé convencer por ella. Ahora, conviviendo nuevamente con ella en casa me doy cuenta que todavía “le falta” pero no dudaré en volver a internarla si se llega a mandar alguna macana. vendrán a buscarla a casa.
Soy conciente que una adicta como mi hija tiene que estar internada con terapia durante mucho tiempo para rehabilitarse bien.
MAMÁ DE CARLA
Yo estaba desesperada y muy preocupada porque Carla estaba muy rebelde, desobediente, muy mentirosa, drogándose y juntándose con todo un grupo y ambiente de drogadictos del barrio y de una plaza.
Tenía 15 años, ya se escapaba de casa saltando de noche por el balcón para ir a bailar a los boliches y yo ya no sabía qué hacer porque ella no me escuchaba a mí ni a su padre. Fumaba marihuana.
Fuimos a varias entrevistas con el Director de la Fundación porque no nos decidíamos a internarla en contra de su voluntad y a la fuerza por distintos motivos: nos parecía que al tener Carla 15 años era demasiado chica para estar conviviendo en la Comunidad con gente de 30, 40, 50 años de edad. Tampoco nos gustaba la idea que perdiera un año escolar y además nos frenaba el miedo de pensar que ella nos odiaría por internarla y que dejaría de querernos. Nos equivocamos.
La llevamos a la Comunidad engañada, diciéndole que teníamos una entrevista con una psicóloga, que eso duraría solamente 45 minutos y regresaríamos luego todos a casa.
Quedó internada. Mientras le hacía la entrevista a ella nosotros nos retiramos por otra puerta de una salida trasera sin que nos viera irnos. La llevamos sin equipaje para que no sospechara nada y al irnos lloramos mucho porque no es fácil separarse de una hija de 15 años dejándola internada en una institución con otras cincuenta personas adictas de todas las edades.
Ella se puso mal cuando se enteró que no era una entrevista con una psicóloga durante 45 minutos sino que debería permanecer internada realizando un tratamiento durante, uno, dos o tres años según su propia evolución. Pero no hizo escándalo ni dejó de querernos porque el mismo grupo la contuvo y se integró muy bien de entrada. Había diez chicas y cuarenta varones en habitaciones separadas.
Al día siguiente le llevamos su equipaje y ya estaba charlando con todos sus compañeros de tratamiento como si los conociera de toda la vida y como si fueran viejos amigos.
Nos escribió cartas amorosas y maravillosas durante los dos primeros meses en los cuales no la vimos porque era lo terapéuticamente recomendado y se ve que eso le sirvió mucho porque al extrañarnos empezó a valorarnos y a desear “ponerse las pilas” rápidamente para convencernos que la recibiéramos en casa nuevamente.
No nos dejamos convencer con su manipulación y la dejamos internada durante un año visitándola todos los domingos participando toda nuestra familia en terapia familiar.
Ella progresó, maduró y creció mucho, nosotros también aprendimos a poner límites, a dialogar, a no creer sus cuentos y mentiras, a fortalecernos como familia.
También le sirvió mucho convivir en la Comunidad con gente mucho mayor, compañeras y compañeros de 20 a 70 años porque pudo ver y medir los estragos y las consecuencias del alcoholismo, de la drogadicción muy de cerca conviviendo y haciendo terapia todos los días con gente grande que llegó a perder sus trabajos, hogares, familias y hasta a perder sus dientes o caer presos.
Se dio cuenta que si ella seguía en ese camino podría terminar cinco, diez, veinte años después arruinada como sus compañeros de tratamiento.
Aprendió a ser obediente, respetuosa, cordial, puntual, ordenada e hizo una vida sana durante ese año internada en la Comunidad. Todos nos sentíamos muy bien y la felicitábamos al enterarnos que además trabajaba ocho horas diarias en jardinería o en la cocina con entusiasmo y prolijidad porque en casa nunca fue capaz de hacerse la cama, limpiar su cuarto o cocinar un huevo frito.
Además empezó a escucharnos más y mejor reconociendo que muchas cosas que aprendió estando internada ya se lo habíamos dicho nosotros meses y años antes de su internación.
El resultado fue muy positivo, dejó de drogarse y de tomar alcohol, no se relacionó más con esos amigos o conocidos drogadictos, volvió a casa y retomó sus estudios.
Lleva un año bien, nosotros estamos conformes aunque conocimos chicos y chicas que estuvieron dos, tres y cuatro años en la Comunidad en tratamiento pero no quisimos que perdiese tantos años de su escolaridad.
Lo bueno es que aprendimos que en el caso de una recaída, si ella volviera al descontrol de antes, no dudaríamos en volver a internarla para protegerla y alejarla de tantos riesgos que nos quitaban el sueño.
Durante el año que estuvo internada vivimos en paz viéndola cada vez mejor.
MAMÁ DE DIEGO – Agosto 2003
¡Yo qué puedo decir si ustedes le salvaron la vida a mi hijo!
Durante diez años nos volvió locos a todos, el padre lo iba a matar, se agarraban a trompadas mi marido y mi hijo dentro de casa.
Diego me insultaba, gritaba, rompía cosas, se inyectaba cocaína en casa, tenía todos los brazos marcados e infectados, estaba desnutrido, flaquísimo habiendo perdido más de veinte kilos, no estudiaba ni trabajaba, era un vago y nos robaba de todo.
Nuestra familia estaba destruída y nuestro hogar hecho pedazos. Sufríamos tanto que nos desesperábamos empeorando nuestra propia salud. Mi marido se enfermó y todos envejecimos rápidamente porque el desgraciado de mi hijo quería llevarnos a la tumba drogándose siempre y sin parar.
Yo rezaba mucho, estaba desesperada y le pedía a Dios que escuchara mis ruegos y que nos diera una respuesta, una señal.
¡Mi hijo se moría a los 30 años de edad y con él nos moríamos todos nosotros!
Dios me escuchó y la respuesta llegó. Un día yo estaba leyendo una revista y de repente encuentro una nota, un artículo escrito por el Director de la Fundación donde hablaba de un método para ir a buscar al adicto a domicilio e internarlo aunque el mismo adicto no quisiera. Con la sola firma de un familiar directo que pidiera la internación para su rehabilitación. ¡Eso era justo lo que nosotros necesitábamos!
Seguí leyendo esa nota, hablaba de salvarle la vida al adicto con un tratamiento internado sin posibilidades de fuga en una Comunidad Terapéutica cerrada y con vigilancia. ¡Eso también era justo para Diego!
Él ya había abandonado otros tratamientos y otras Comunidades que eran abiertas. Fuimos con mi marido corriendo a la oficina de la Fundación y en la entrevista el director nos explicó cómo irían a buscarlo, cuántas personas y de qué manera lo subirían al auto para llevarlo a la Comunidad. No lo dudamos, firmamos la solicitud de tratamiento pusimos nuestra dirección de casa para que supieran donde debían retirar a Diego y nos retiramos de la oficina felices de haber dado el primer paso para salvarle la vida a mi hijo. Pero tenía una preocupación: conociendo a mi hijo y su violencia pensé que él se resistiría y pelearía con la gente de la Institución cuando se aparecieran en casa para internarlo en contra de su voluntad. Me equivoqué.
Al día siguiente apareció puntual un coche en casa tal cual habíamos pactado, se bajaron cuatro muchachos muy grandotes, seguros y sin miedos o dudas (uno era el Director, otro era el médico psiquiatra y dos eran adictos rehabilitados con aspecto de policías) y en un minuto lo subieron a Diego al auto sin darle posibilidad de pelea. No lo dejaron ni hablar, ni pelear, ni gritar ni siquiera vestirse. Lo sacaron a upa de la cama entre cuatro y ya estaban rumbo a la Comunidad Terapéutica en el auto.
¡Qué felicidad! Sin violencia lograron en un minuto lo que nosotros no pudimos lograr en diez años.
El profesionalismo de ese “equipo de rescate” nos maravilló a todos y a partir de ese momento todo fue positivo y beneficioso tanto para Diego como para toda nuestra familia.
Estuvimos varios meses sin verlo, era una estrategia terapéutica pero nos autorizaron hablar con él por teléfono y a escribirnos cartas.
Intentó fugarse en los primeros meses pero no pudo, no lo logró, la vigilancia del lugar era buena, el sistema y el control estaban aplicados para gente como él.
Cuando lo empezamos a visitar todo fue excelente, jamás nos reprochó o nos echó en cara que lo hayamos internado sin su consentimiento. Todo lo contrario, nos agradeció, nos pidió perdón muchas veces, nos besaba y abrazaba, lloraba en las terapias familiares emocionado y progresó muchísimo.
Se enganchó con el tratamiento y con el grupo de compañeros, haciendo vida sana en la mitad del campo y con cuatro comidas diarias engordó y recuperó veinte kilos, hacía gimnasia y tomaba sol en el parque, empezó a quererse y a ver la vida de otra manera.
Se hizo allí todos los controles y chequeos médicos. progresó tanto y tan rápido que al año lo nombraron subdirector y pasó él a cuidar a los muchachos y también a integrar el “equipo de rescate” internando adictos retirándolos de sus domicilios.
Estoy muy feliz y muy orgullosa de mi hijo, la Comunidad es todo para mí porque gracias a Dios que me escuchó, se salvó tanto mi hijo como toda mi familia.
Sra. YOLANDA, MADRE DE JULIO
Años atrás tuve que llamar de urgencia varias veces a una ambulancia con médicos y enfermeros por las sobredosis de mi hijo con psicofármacos mezclados con alcohol.
Él estaba terrible, los médicos no quisieron entrar solos y pidieron apoyo policial por miedo. Acudieron dos patrulleros, pelearon y forcejearon con él ocho policías esposándolo y retirándolo de casa para internarlo hospitalariamente cosa que no sirvió de mucho.
Tiempo después en una nueva crisis feroz me contacté con el Director de la Fundación quien acudió rápidamente acompañado por el Doctor Eduardo González (médico psiquiatra).
Mi hijo estaba descontrolado y violento pero en diez minutos lo retiraron de casa sin violencia (nunca supe qué le dijeron) y lo internaron en la comunidad terapéutica donde hace ya dos años que está muy bien. No volvió a tomar alcohol ni a drogarse.
Esto lo tendría que haber hecho veinte años atrás cuando empezó a andar mal y no esperar a que se descontrolara tanto.
Él pasó por cinco o seis tratamientos internado pero se fugaba y los ambulatorios no le sirvieron. Ésta es la primera y única vez que no logra escaparse, permaneciendo sin drogas y sin alcohol durante dos años.
El tratamiento le hizo muy bien, yo soy muy creyente y le doy muchas gracias a Dios por ayudar tanto a mi hijo que parecía un incurable pero tengo buena memoria y por mejor que lo vea o por más que me presione, no lo voy a retirar de la Institución porque me parece que aún le falta tratamiento.
Él promete seguir con su tratamiento ambulatorio cuando vuelva a casa, también promete trabajar y hacer buena letra pero ya tiene 50 años, lo conozco bien y no le creo sus promesas; me cuesta creerle a todos los adictos por mejor que los vea.
A mí las psicólogas siempre me dijeron que no se podía obligar a un hijo a hacer un tratamiento, menos si mi hijo era un adulto de 50 años. Decían que no se podía obligar a una persona a cambiar y que si él no quería de nada serviría imponer que cambiara.
En las instituciones anteriores me decían algo parecido; cuando él abandonaba los tratamientos me decían que por ser adulto no lo podían retener en contra de su voluntad.
Nadie me respaldaba, nadie me daba una solución, así él siempre volvía a las drogas y al alcohol durante años.
¿Y si hubiera muerto por sobredosis?
¿Y si hubiera matado o lastimado a alguien?
Casi me mató a mí y destrozó mi casa como veinte veces pero ésta es la primera vez que lo internan, lo rehabilitan durante dos años sin que abandone el tratamiento y sin fugas. Es un milagro de Dios.
PAPÁ DE SEBASTIÁN – Febrero 2003
Nuestros grandes problemas eran las fugas de Sebastián de todos los tratamientos de rehabilitación, de todas las comunidades y fundaciones donde lo internábamos.
Siempre se escapaba argumentando “algún verso” porque nunca dejó de ser un versero y un cuentero. Cuando se escapó de la primer Comunidad Terapéutica se rajó diciendo que no le gustaba el trato, en la segunda se escapó diciendo que la comida era pésima, en la tercera se escapó diciendo que era mala y hasta llegó a decir que se drogaban ahí dentro; en la cuarta se escapó diciendo que se sentía muy encerrado y que eran muchos viviendo muy apretados, en la quinta se fue porque no le gustaba cómo le hablaba el director, en la sexta se fue diciendo que sus compañeros le habían robado esto y lo otro, en la séptima lo sacó la madre porque no le gustaba la terapia ni el psiquiatra, en la octava lo sacó la madre porque no le gustaba el ambiente diciendo que había gente con HIV y pacientes judiciales, en la novena Comunidad nuevamente convenció a su madre quien por supuesto cometió el error de sacarlo porque este cuentero de mi hijo llegó a decir que la internación le hacía mal, que estaba depresivo, que se iba a matar y que ahí no se podía rehabilitar.
¡Terrible! Mi vida es terrible luchando siempre con mi hijo y también con su madre (mi ex mujer) por eso lo que quiero ahora es que esté internado, sin posibilidades de fugarse, sin régimen de salidas, sin ver a su madre, sin cartitas ni llamaditos telefónicos a su madre porque volverá a sacarlo; ya que los tratamientos anteriores de seis meses o de un año nunca le sirvieron quiero que realmente se rehabilite y cambie como persona aunque tenga que estar internado dos años, cinco años o diez años y es lo que menos me interesa. Porque lo que sí me interesa es que no vuelva a caer preso, que no lo maten drogado por ahí y que me dejen vivir en paz para poder trabajar y dedicarme a mis otros hijos.
Mi hijo no sirve para Comunidades Terapéuticas abiertas ni para ambulatorios ni para recibir visitas porque como es un psicópata, manipula para abandonar los tratamientos e ir a drogarse el mismo día que vuelve a casa.
Yo aceptaría no verlo durante el primer año y que tampoco tuviera visitas con ningún otro familiar así reflexiona y hace su terapia sin distraerse ni confundirse con su manipulación.
Yo vendría a las terapias familiares y a las entrevistas en las que ustedes me convoquen y participaría siempre apoyándolo pero sin verlo. Por supuesto también le traería todo cuanto necesite pero que deje de ser un pedigüeño, vago y mantenido.
No quiero fugas ni volver a oír sus quejas de la comida, de la psicóloga, de que sus compañeros esto o lo otro. ¡Basta! Basta de lo mismo de siempre, quiero probar algo distinto, que se de cuenta que se terminó la joda y que ya es grande, esta vez se tiene que rehabilitar sí o sí.
Ya estoy cansado y podrido de sus cuentos y de verlo siempre drogado, mangueando, robando en casa y fuera de casa, fumando marihuana, tomando pastillas y alcohol, cocaína por la nariz, ya tiene 25 años, que deje de jodernos la vida.
Un año después (febrero 2004) Primer visita: “Es otro pibe, ahora lo veo mejor, gordito y tostadito, tiene otras ideas y más lucidez”. Eso de no tener visitas durante un año le sirvió, no me equivoqué. (1)Nota del autor: en este caso específico se sugirió un año sin visitas. La familia por su lado participó de las terapias y proveyéndolo de lo necesario.
“Estoy contento porque no hubo fugas, ni lo retiró su madre, es la primera vez que está un año internado progresando.
Te vuelvo a decir que estoy muy contento y feliz porque lo amo, el tratamiento le está sirviendo y estoy muy conforme.
Debe seguir así, no hay que aflojarle, estoy conforme con el tratamiento y con el sistema antifugas que ustedes tienen acá. Cuando algo da resultado no hay que hacer cambios peligrosos. Sigan así.
Me voy conforme, agradecido y muy feliz porque mi hijo se está rehabilitando”.
HERMANA DE MARTA
Somos un grupo de cuatro hermanas, vivimos en la ciudad de Corrientes y siempre quisimos salvar a Marta. Todas somos mayores de 50 años, universitarias, profesionales incluyéndola a ella que lamentablemente cayó en el alcoholismo, la violencia y el desorden total. En Corrientes probamos durante 10 años terapia con psicóloga, internación en una granja con tratamiento para alcohólicos, internaciones de 15 y 30 días en clínicas psiquiátricas atendidas por médicos y psicólogos pero nada sirvió.
Nosotras veíamos cómo ella se escapaba o dejaba de asistir a sus tratamientos sin ningún progreso, emborrachándose todos los días hasta con alcohol puro desde la mañana hasta la noche; desayunaba con alcohol y no se podía hablar con ella, no escuchaba, no hacía caso, mentía y además se ponía violenta con todas nosotras que siempre la quisimos ayudar por el amor que sentimos hacia ella. Somos hermanas muy unidas, nunca dejamos de interesarnos o de ocuparnos de ella. La veíamos todos los días sucia, abandonada, juntándose con otros borrachos de muy mal vivir.
En nuestra ciudad y provincia ya habíamos intentado todos los tratamientos existentes sin resultados positivos hasta que un día gracias a Dios llegó a nuestras manos una revista para docentes donde leímos una nota extensa escrita por ustedes. Explicaba que no hay que respetar la libertad de una persona adulta adicta porque “no es libertad sino libertinaje”,también explicaba que el adicto no sabe elegir, que elige mal, por lo tanto sus familiares adultos y sanos serían quienes deben elegir lo correcto y decidir por el adicto, le guste o no.
También nos impactó cuando ustedes decían que si los familiares que aman al adicto no lo aislábamos del medio, podría terminar nuestra hermana muerta, herida, lastimada o cada vez más arruinada.
Hicimos varias reuniones entre hermanas, nos apoyaron todos nuestros maridos e hijos y decidimos viajar hasta Buenos Aires para entrevistarnos con la institución y conocer mejor la propuesta y el tratamiento.
Somos muy creyentes y le pedíamos a Dios en nuestras oraciones que esta nueva esperanza fuera posible de realizar porque la mayor complicación era cómo trasladar a Marta mil kilómetros desde Corrientes hasta Buenos Aires en contra de su voluntad y siendo ella una persona tan violenta.
Nos imaginábamos a ella gritando furiosamente, dando trompadas y patadas en una batalla campal dentro del auto durante las diez o doce horas que duraría el viaje; también nos preocupaban los controles policiales que había entre cada provincia o sea, qué haría la policía con un coche y una familia que transportaba a una persona violenta gritando y enloquecida.
En la entrevista que tuvimos con los directivos en Buenos Aires nos respondieron con simpleza y experiencia, encontrando las formas y un plan de acción para el traslado de nuestra hermana ofreciéndose los directores mismos a viajar dos mil kilómetros (mil de ida y mil de regreso) con sus vehículos y un equipo especializado profesional que dijeron tener.
Nos fuimos contentos y esperanzados de esa entrevista porque a cada dificultad y preocupación los especialistas tenían una respuesta lógica y convincente.
El día llegó, Alejandro se apareció puntual en Corrientes con su equipo profesional de lujo. Lo acompañaban el Doctor Eduardo González (médico psiquiatra) y el Director Mariano Giacobe de la Comunidad Terapéutica; una serie de papeles que firmamos como solicitud de tratamiento y de traslado de mi hermana.
¡Y el milagro sucedió gracias a Dios! A mi hermana la medicaron, le hablaron muy bien, respetuosamente y cariñosamente ya que se subió al vehículo sin ningún problema y viajó hasta Buenos Aires sin gritos ni violencia. ¡Increíble! Nosotros no lo podíamos creer.
Le dijeron que la llevaban por 24 horas para hacerse unos estudios psicológicos y médicos y que al día siguiente la traerían de vuelta a Corrientes. También le dijeron que esos estudios que en Buenos Aires se hacían en un solo día, acá en Corrientes debería estar internada siete o diez días en una clínica y también le prometieron que si quería tomar alcohol durante el viaje no habría inconveniente. Ella estaba choca y contenta.
Al final se quedó un año internada con muy buen progreso. Se desintoxicó, dejó por completo el alcohol, la fuimos a visitar todos los meses y nos trató como nunca, muy cariñosa agradeciéndonos lo que hicimos y el haberle salvado la vida.
Marta cambió por completo con la terapia, evolucionó, levantó su autoestima queriéndose mucho más, aferrándose a la familia y al futuro.
Internada hizo una vida ordenada, comió bien y siempre la vimos tostadita y arregladita. Mejoró física y psicológicamente. Empezó a reconocer todos sus errores, nos pidió perdón llorando en las terapias familiares y siempre nos expresó su amor y su agradecimiento.
Gracias a Dios y al tratamiento recuperamos una hermana que estaba perdida y muy enferma.
Somos muy creyentes, le seguimos pidiendo a Dios que le de fortaleza y sabiduría para que nunca más vuelva a caer en esa adicción.
Estamos muy conformes con la forma como la internaron y trasladaron, con el tratamiento y sobre todo con la Directora Mariana Fernández que se dedicó muchísimo a Marta y la ayudó siempre.
La Comunidad Terapéutica de “puertas cerradas” fue la salvación y la recomendaremos a otros en Corrientes.
MAMÁ DE MAMSUR - 1994
Mi hijo siempre fue un desastre, un drogadicto terrible que se pasó casi toda su vida en las cárceles por tenencia de drogas.
Ya me viene dando problemas desde chico porque al no tener padre, le faltó figura paterna y límites.
La policía lo agarraba de noche fumando marihuana en una plaza con sus amigotes o tomando pastillas con vino o cerveza y terminaba preso en los institutos para menores de edad como el Roca, el Agote o el instituto Belgrano.
De grande, siendo adulto, le siguió pasando lo mismo: droga, alcohol, cárceles y tratamientos que no le servían porque se escapaba.
A mí me allanaron la casa como diez veces, caía la policía con la orden de allanamiento de un juez y me revolvían toda la casa buscando drogas; me dejaban la casa hecha un desastre porque me vaciaban todos los cajones, los placares y roperos, la alacena y hasta la heladera, tirando mi ropa, vajilla, comida, todo al piso.
También terminé muchas veces declarando en los juzgaos por culpa de mi hijo, me citaban las asistentes sociales, los abogados y los psicólogos. Esto duró 20 años.
Toda la familia se cansó de él, nadie quería ir a visitarlo a las cárceles, ni sus hermanos, tampoco sus abuelas, ni tíos, ni primos, porque cada familiar había ido a visitarlo como cincuenta o cien veces invirtiendo tiempo, ganas, diálogo, pero a él no le interesaba cambiar. Solamente yo, su madre seguí visitándolo siempre y llevándole paquetes pesadísimos de comida, cigarrillos y cosas de higiene cargando esas bolsas de 20 o 30 kilos a los 60 años de edad y él nunca lo valoró. Yo lo hice siempre por amor porque es mi hijo y lo amo, es un enfermo y ¿qué iba a hacer? ¿dejarlo ahí tirado y solo?
Lloré y sufrí muchísimo durante 20 años, mi vida la dediqué a él descuidando a otros hijos y nietos porque él era mi preocupación y mi desesperación.
Siempre me prometía: “mamá cuando salga de la cárcel te prometo que me interno en un centro de rehabilitación para curarme porque no quiero hacerte pasar más por todo esto”, “esta es la última vez, te lo juro, a la droga no vuelvo más”. ¡Mentiras!
Cuando salía de la cárcel todo se ponía peor que estando “dentro” porque se drogaba y emborrachaba vendiéndome la licuadora, tv, videocasetera, vendió toda mi ropa y hasta las sábanas y frazadas. Todos los integrantes de mi familia le niegan el ingreso a sus casas, no le abren la puerta, no lo quieren ni ver, tampoco quieren escucharme hablando de él.
Yo me gasté fortuna, el valor de una casa o sea 40.000 o 50.000 dólares entre los tratamientos y abogados que pagué durante 20 años más los paquetes de 30 o 40 pesos semanales que le llevaba a la cárcel, más los costos en viajes y la ropa que siempre tuve que comprarle.
Él siempre fue un mantenido y un abusador porque pedía, pedía cigarrillos, shampoo, jabón, prestobarbas, pedía fiambre, queso, biromes, cuadernos, revistas, me pedía que fuera a hablar con los abogados, me pedía que fuera a pedir y a presionar o suplicar a los juzgados, pedía zapatillas nuevas, ropa de verano, ropa de invierno y cuando algo no se lo llevaba o me olvidaba me hacía escándalos y me trataba muy mal; me fui cansando, sentía una mezcla de tristeza, bronca, angustia y me enojaba mucho con Dios porque rezaba y rezaba pero cada vez todo empeoraba.
Iba varias veces por semana a la iglesia, charlaba con el cura, rezaba todos los días por mi hijo pero veía que Dios no me escuchaba. Los psicólogos me decían que si él no quería cambiar y que si no quería tratarse todo era inútil y en vano hasta que él no “tocara fondo”. Yo no entendía qué es eso de tocar fondo ¿pasarse toda su juventud preso por drogas no es tocar fondo?
Vivir encerrado, sin una novia o esposa, sin hijos ni un hogar ¿eso no es tocar fondo? Pero no aflojé, seguí visitándolo, rezando y entrevistándome con psicólogas, jueces y asistentes sociales hasta que un día Dios se hizo presente, respondió a mi desesperación.
Una psicóloga me comentó en una entrevista que existía una Asociación con una Comunidad Terapéutica en la cual los jueces confiaban porque estaban trasladando ahí a drogadictos y que en ese tratamiento no se escapaban. Me dio un folleto del “el paraíso” y me recomendó que consultara en una entrevista con el Director de la Fundación ya que él conocía al juez porque había tenido varias entrevistas por otros muchachos que estaban ahí internados rehabilitándose.
Fui corriendo a hablar con el cura, le mostré el folleto y me respondió “esa es la respuesta que usted tanto le pidió a Dios” y se ofreció a acompañarme a hablar con el juez. Pero mi miedo era que el juez Dr. Broullón Sigler me dijera que no, que mi hijo era reincidente, que era un caso perdido porque ya le habían dado la libertad y otros tratamientos como veinte veces sin ningún resultado positivo.
Al día siguiente fuimos con el cura a ver al juez, nos hizo esperar dos horas, cuando nos atendió y empecé a hablar de la drogadicción de mi hijo, me interrumpió bruscamente y me dijo: “Mire señora, su hijo es un enfermo mental, es un drogadicto que lo único que quiere es drogarse y yo no voy a autorizar ningún tratamiento porque ya me defraudó muchas veces; lo único que puedo autorizar es “El paraíso” porque es la única institución en la que confío porque ahí los muchachos no se fugan y veo que se rehabilitan”.
¡Yo no lo podía creer! Estaba escuchando al Juez Broullon Sigler recomendándome y autorizando justo lo que yo había ido a pedirle. ¿Dios estaba poniendo esas palabras en la boca del juez?
Mi hijo el turquito Mansur Adhami estuvo cuatro años internado, jamás se escapó y por primera vez en la vida dejó las drogas, se rehabilitó muy bien en El Paraíso y lleva 10 años sin drogas. jamás volvió a tomar alcohol, trabaja, dejó de ser un mantenido y está muy bien.
Todo se lo debo a Dios y a la Comunidad, estoy agradecida y pueden contar conmigo siempre.
En 24 años de correr desesperadamente por mi hijo me di cuenta que lo único que sirve en un caso así es el “tratamiento obligatorio para el adicto” porque tiene la obligación de cambiar; la Comunidad Terapéutica sirve si es cerrada, con vigilancia para que no se pueda escapar y para que haga su terapia durante años como mi hijo, también sirve si el tratamiento lo decide y lo ordena un juez porque controla, pide los informes semanales o mensuales y con eso no se joroba.
La comunidad me enseñó que esto es para toda la vida, tengo que estar alerta y observando a mi hijo siempre; sus ojos, su mirada, su aliento (con o sin olor a alcohol), sus horarios de regreso a casa, sus compras, me refiero a si aparece con ropa nueva y de marca o si le desaparece ropa suya o mía, sus amistades, su tono de voz, su respeto hacia mí, el orden o desorden en su habitación. No confiarnos ni creerle sus excusas o cuentos.
MAMÁ DE PABLO – Enero 2004
Yo conocí a muchos drogadictos, alcohólicos, a sus madres y padres en la comunidad Terapéutica; me enganché muchísimo y pasó a ser mi segundo hogar por muchos motivos. En primer lugar, al tener un hijo internado viviendo ahí durante años sentía la necesidad de verlo, visitarlo, compartir con él sus logros, disfrutarlo, abrazarlo y darle fuerzas para seguir adelante. Verlo bien, sano, feliz y con lucidez me llenaba de alegría y de felicidad incomparable. Siempre fui a la Comunidad con muchas ganas, entusiasmo, esperaba toda la semana el día de visitas para estar a su lado, besarlo y disfrutar de nuestra nueva relación. Empecé a sentir un gran orgullo por mi hijo, por sus cambios como persona y por lo mucho que él se dedicaba a ayudar a otros chicos y chicas compañeros de tratamiento. De mi parte puse mucho amor y responsabilidad en el tratamiento, puse todo de mí sin faltar a las terapias familiares, sin tener actitudes negadoras o irresponsables.
Dentro del grupo de padres y madres encontré por un lado desesperación, miedo, angustia y tristeza pero entre todos nos ayudábamos y conteníamos compartiendo logros, fe y esperanza.
Para mí lo más importante siempre fueron los afectos, el amor, la solidaridad, los sentimientos que encontré dentro del grupo de familiares de adictos, la calidez y la unión del grupo eran de un gran enriquecimiento humano y de capacitación para todos nosotros. La Comunidad Terapéutica es un lugar para dar y recibir amor.
Las madres y padres llegan llorando y destruídos, al tiempo están felices y la alegría se nota en sus miradas, en sus expresiones y en sus palabras.
PADRE DE GALA - 1992
Mi hija es lo único que tengo en la vida porque mi esposa falleció hace años, mis padres murieron y quedamos Gala y yo siempre juntos.
Yo la crié desde chiquita y me dediqué día y noche a ella porque era todo en mi vida, el motivo de mi felicidad, de mis alegrías, todo mi amor, tiempo y energías para ella y así vivimos juntitos durante 18 años muy unidos, el uno para el otro. Ella llenaba mi vida, en mi corazón todo era amor por ella, la llevaba al colegio, nunca falté a un acto escolar ni a una charla con las maestras, le leía cuentos, la llevaba a los cumpleaños de sus amiguitos, le cocinaba sus comidas preferidas, lavaba y planchaba su ropa, salíamos de paseo, charlábamos muchísimo, íbamos al teatro, al cine. Todo para ella, quien por otro lado me besaba, me abrazaba, me decía lo mucho que me quería y era super pegote conmigo.
Dios se había llevado mi esposa, mis padres pero me había dejado con Gala, todo amor y yo a pesar de mis desgracias familiares agradecía a Dios por tenerla a Gala sanita y divina como siempre.
Yo sabía que algún día se independizaría, se casaría, formaría su hogar con su marido y seguramente con sus hijos.
Pensaba mucho en su futuro, como era muy inteligente y buena alumna la veía siendo una universitaria, convirtiéndose en una profesional, médica, abogada o arquitecta.
Nunca pensé o imaginé que la vida me castigaría nuevamente y de la manera más cruel, con las formas más terribles y dolorosas.
Yo siempre fui un tipo correcto, decente y de trabajo pensando que Dios estaba de mi lado apoyándome en la crianza de mi hija, acompañándome en mi amor y dedicación hacia ella.
Un día Gala conoció a un muchacho que parecía una clase de persona pero que resultó ser drogadicto, ladrón, mentiroso y alcohólico.
Yo empecé a sufrir mucho cuando ella salía de casa. Comenzó a ser impuntual y dejó de regresar al horario prometido, cambió su trato cariñoso conmigo, se olvidó de nuestro compañerismo, dejó de ser mi hijita hogareña para convertirse en una persona salidera y amante de la calle, siempre atrás de su novio. No quería charlar más conmigo, no le interesaba escucharme ni contarme sus cosas, se puso muy rebelde y como tenía 18 años se consideraba una mujer con derechos propios de hacer lo que mejor le pareciera. Me desesperé, caí en un pozo depresivo, se me vino abajo el mundo y la vida, lloré muchísimo porque estaba solo y perdiendo a mi hija, lo mejor de mi vida se me esfumaba.
Rezaba, le pedí mucho a Dios, comencé a hacer terapia con un psicoanalista, me desarmé quedando destruido y partido en mil pedazos, sufría las 24 horas, no podía dormir de noche porque lloraba pensando en Gala, tampoco podía trabajar porque me desconcentraba totalmente.
Yo le hablaba de hacer juntos una terapia pero me insultaba y amenazaba con irse de casa; empezó a desaparecer varios días sin llamarme por teléfono desconociendo yo su paradero.
Mis tristezas y angustias eran enormes. Yo le cocinaba pero ella no venía a comer, yo le lavaba y le planchaba la ropa como siempre pero esa ropa empezó a desaparecer, a perderse. Muchas veces me vi a mi mismo solo sentado en la mesa llorando sin poder probar un bocado y así bajé 10 kilos y envejecí en un año medio siglo. Gala empezó a drogarse, marihuana, cocaína, pastillas (psicofármacos), bebidas alcohólicas y se me vino la moral al piso, el ánimo decayó hasta lo más bajo y desesperante.
Estaba perdido, mi amor, mi hija adorada me había sido arrebatada, me enojé mucho con Dios ¿por qué tanto sufrimiento? ¿qué había hecho yo para merecer semejante castigo y tortura? ¿Dios, cuánto más querrás que llore? ¿Dios, de qué manera debo pedirte que salves a mi hija si ya te lo pedí miles de veces? ¿Será que la pederé definitivamente como perdí a mi esposa y a mis padres? Pensé en suicidarme, la vida así era insoportable para mí, era mucho más de lo que yo podía soportar. Yo soy profesor y escritor pero ya no me interesaba leer, escribir ni trabajar o comer.
Me aislé, dejé de ver a mis amigos y empecé a analizar la posibilidad de quitarme la vida para aliviar tanto dolor.
Entre mis amigos se corrió la noticia de lo mal que estaba Gala y de lo que yo estaba atravesando. Un día no pude más, Gala se dedicaba al robo, había comenzado a inyectarse y aparecía golpeada con marcas y moretones de trompadas que le daba su novio.
Semimuerto le dije a Dios que necesitaba partir, necesitaba morir para salir de tanto dolor.
Sonó el teléfono de casa, atendí y era una antigua amiga que hacía tiempo que no veía. Al enterarse lo que estaba sucediendo me dijo una sola cosa: “llamá a este teléfono”. Fue una buena señal, enseguida llamé por teléfono, me escuchó el director y me dijo “no te preocupes, de tu hija me encargo yo, la internamos bajo juez en mi Comunidad Terapéutica, le salvamos la vida a ella y a vos también”.
Mi desesperación se convirtió en esperanza. Por primera vez pude decir ¡gracias Dios mío! ¡por fin una luz de esperanza! ¡cuánto demoraste en escucharme!
Ella permaneció un año haciendo su tratamiento de rehabilitación, dejó las drogas y el alcohol, se recuperó físicamente, cambió por completo como mujer volviendo a tener conmigo esa hermosa relación de hija a padre que tuvimos durante 18 años. La volví a ver cariñosa, demostrativa hacia mí, comunicativa como en las viejas épocas, se separó de ese novio y no volvió a ese ambiente. El tratamiento psicológico, internada en la comunidad terapéutica fue maravilloso. Cambió nuestras vidas gracias a Dios. En varias terapias familiares ella lloró y me pidió perdón reconociendo sus errores.
Una vez, en una terapia familiar, le preguntaron delante mío: “¿Gala, vos qué sentís por tu papá?”. Gala me miró a los ojos y me dijo “Papá vos sos todo para mí” “sos lo mejor que tengo en la vida” “sos lo que más amo, te extraño y te necesito”.
Soy un hombre feliz, ahora que veo bien a mi hija me pude reintegrar a mi trabajo, volví a leer y a escribir, estoy terminando mi última novela, ahora duermo de noche y volví a oxigenarme. Gala está trabajando con Alejandro en la oficina de la Fundación y volvimos a ser una familia unida y feliz. Me reconcilié con mi hija, con la vida y con Dios.
HERMANO DE CELIA – Enero 2004
Somos tres hermanos mayores de 50 años; cada uno de nosotros se casó, formó su hogar con casamiento, hijos, profesión, todos menos Celia.
Nuestros padres murieron, Celia quedó a la deriva cometiendo locuras muy graves. Hasta abandonó a mamá cuando estaba agonizando siendo Celia la encargada de cuidarla y de atenderla.
También abandonó a su marido cuando se estaba muriendo en una cama de hospital y comenzó a relacionarse con tipos más jóvenes que la “vivían”.
A uno le regaló su auto, un Fiat Uno, a otro le regaló un televisor, malgastaba el dinero y tenía su departamento muy sucio y desordenado.
No se la podía llevar a ningún lado porque estaba desequilibrada, gritaba, peleaba y hacía escándalos hasta con los mozos de un restaurant.
Durante años se la vio impresentable, muy despeinada, desprolija, alocada, agresiva, desubicada, peleaba con el portero de su edificio, con vecinos, nunca tuvo un gesto de interés o de generosidad con nuestros hijos que son sus sobrinos.
Estábamos muy preocupados porque uno de nuestros miedos era que alguno de sus amantes le sacara su departamento o se lo hiciera vender para aprovecharse de su dinero. Ella no entraba en razón, no quería dialogar ni escuchar consejos u opiniones, tampoco quería hacer un tratamiento, no había formas de ayudarla a encaminarse.
Cuando a uno se le mueren los padres, queda una responsabilidad y un amor por sus hermanos y hermanas porque es lo único que va quedando de la familia original que alguna vez tuvimos en nuestra niñez o adolescencia.
Al ser una persona adulta, mayor de edad ¿qué podíamos hacer? ¿cómo protegerla? ¿obligándola? ¿internándola en una clínica?
Un día conocimos a un señor que había internado a la fuerza o engañado a su hijo Santiago dos años antes en la Comunidad Terapéutica; el muchacho se había rehabilitado muy bien y nos recomendaron este tratamiento.
Nos costó decidirnos, lo analizamos mucho, tomamos la decisión y la internamos hace un año. Ella justo había chocado el auto manejando sin registro y había destrozado otro coche que estaba estacionado. Ambos autos quedaron destrozados y podría haber matado a alguien.
La verdad es que estamos muy conformes. No pudo abandonar el tratamiento y con la terapia mejoró bastante aunque todavía la vemos ansiosa e inestable; la pensamos dejar internada hasta que nos den seguridad que es capaz de llevar una vida normal.
www.elgranparaiso.com.ar
|
|