En 1986 me convencí que los tratamientos de rehabilitación para alcohólicos no forman parte de una incógnita a la que nadie podía responder.
He observado como el comienzo del tratamiento con las entrevistas de admisión y los primeros 30 días de internación denominados “INDUCCIÓN” atenúan los prejuicios antirreligiosos en la comunidad terapéutica con sistema cerrado que tanto han contribuido sin duda a mitigar las aprensiones terapéuticas como religiosas.
El lacónico cuando está internado, lúcido y les intoxicado descubre una nueva lectura teológica y una aguda capacidad de auto observación para las interpretaciones de su realidad deteriorada.
Las actividades religiosas y terapéuticas le enseñan a comprometerse en la lucha por el bienestar personal, familiar y social.
Cuando se toca el argumento de la fe, los especialistas en alcoholismo subrayan la sinceridad de una nueva y coherente actitud y la solidez de la apertura.
El largo y fatigoso fatigoso camino de deterioro lleno de tropiezos psicoanímicos queda atrás cuando el alcohólico identifica y asume que pecó de miopía espiritual y que no comprendía, en su hundimiento, la diversidad de traumas y malestares que lo llevaban a tener los días contados.
La psicoterapia individual, familiar y grupal le da espacio a la convicción acerca de la existencia de Dios, del bien y de la verdad fortaleciendo sus fases de transición que permiten superar por fin cualquier titubeo.
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