Los alcohólicos optan por subsistir en los subsuelos infrahumanos del más oscuro subdesarrollo.
Son injustos, incobrables, sus mentiras y especulaciones evidencian estados monstruosos o improductivos. Gritan, dan portazos, amenazan con insultos a sus familiares, golpean, rompen objetos del hogar familiar, se caen y se lastiman, regresan a sus casas ebrios, ensangrentados, lastimados, despilfarran el dinero con un fiero estilo destructivo, se muestran sin escrúpulos en situaciones feroces de violencia familiar y sus repugnantes olores, discursos, fines o vicios sostienen el alienante consumo autoimpuesto como modelo ideal de libertinaje.
Las comunidades terapéuticas religiosas y profesionales saben que los familiares de los alcohólicos tienen hambre y sed de justicia. Son millones de personas que soportan diariamente el elenco de calamidades que los dipsómanos generosamente regalan en ese interminable estilo que propone rifar la vida.
Los alcohólicos son objeto de preocupación continua y creciente para familiares, compañeros de tratamiento, terapeutas o religiosos hasta que aprenden que ser protestante, hebreo, católico, musulmán o budista, lejos de ser un pecado tremendo o un castigo, es la salvación porque siendo dignos de un castigo severo e implacable, encuentran la Gracia de Dios, el perdón y una nueva oportunidad en el amor. |